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Una visión plástica de la ciudad

Autopistas mentales.

Bajo el título de Ruinas y ciudades, Alberto Borea ha tomado todo el primer piso de la Galería Lucía de la Puente para ofrecer una lectura crítica, poética y muy personal de Lima y de las radicales transformaciones que la ciudad ha experimentado en las últimas décadas.

Por Diego Otero

Entre las piezas de Cowboys, la breve pero estupenda muestra que Alberto Borea montó en el segundo piso de la Galería Lucía de la Puente en enero de 2006, destacaba un cuadro en el que la imagen serigráfica de un avión en blanco y negro parecía recortarse y escapar de un fondo de colores sanguíneos y turbulentos. Un fondo que parecía un cielo apocalíptico. Se trataba de un cuadro curioso, pues la muestra hablaba de adolescencia, amistad, sueños de fuga y, sobre todo, de carreteras.

Ahora que vemos el resultado de Ruinas y ciudades diera la impresión de que ese avión recortado recorrió algunos miles de kilómetros y empezó a sobrevolar Lima, solo que arrastrando consigo ese cielo brutal. Porque el hilo que une todas las piezas de Ruinas y ciudades es un punto de vista, una sensación aérea pero inestable, como de estar volando a baja altura, intentado alejarse, pero corriendo el riesgo constante de caer. Y esa es la sensación que Borea le sabe transmitir al espectador. 

El núcleo de Ruinas y ciudades es una gran maqueta-instalación que ocupa el centro de la sala principal de la galería, irguiéndose desde el suelo. Se trata de una contraposición sintética en la que se cruzan, generando una frontera abismal y eléctrica, las formas de una huaca y las de un perfil urbano. Solo que ambos espacios han sido construidos con despojos de la tecnología. La huaca es en realidad una estructura piramidal de obsoletos y desgastados teclados de computadora, y la ciudad un conjunto de edificaciones cuyos "ladrillos" son cassettes usados de VHS. En ambos casos, los materiales reciclan una promesa trunca de comunicación humana, una promesa que es también, paradójicamente, un vestigio: el desgaste de la inscripción de cada letra del teclado, las miles de voces y expresiones ocultas en las cintas de video. Como si Borea nos estuviera diciendo que en realidad el pasado, el presente y el futuro están más cerca -mucho más cerca- de lo que habitualmente creemos.

Detrás de la maqueta, en la pared del fondo, como un inquietante telón o un cielo privado, se despliega la pieza más grande y personal del conjunto. Se titula "12 maneras de caerme", y es un conjunto de doce serigrafías en riguroso blanco y negro que muestran imágenes violentamente granuladas, rugosas, como desgastadas. A primera vista, el conjunto parece la infatuación del documento disperso de un viejo performance. Y ahí precisamente radica el chiste: no es viejo ni ha habido performance. Documento de un discurso inexistente -o vencido por la gravedad-, "12 maneras de caerme" es en realidad el mecanismo que Borea utiliza para subrayar el vínculo hombre-ciudad. Un vínculo problemático, denso, que, en el contacto, implica necesariamente una caída. Y Borea hace de cada caída un rito pagano, un conjuro. 

Si en Cowboys el dicurso estaba sostenido únicamente por una serie de cuadros en los que serigrafía y pintura se retroalimentaban en un proceso que representaba las relaciones entre memoria y deseo, en Ruinas y ciudades la idea de cuadro ha desaparecido, pero no del todo. "Autopistas", la pieza que yace a la derecha de la instalación principal, ha sido ensamblada como una sobreposición de bastidores viejos o no utilizados. Así, el cuadro se convierte también en un vestigio de la memoria, y su presencia residual es una representación de las transformaciones en la mirada y en lo mirado -eso que intenta ser urbanidad y se percibe como laberinto.

Al extremo opuesto de la sala, Borea ha montado otra pieza de dimensiones monumentales. Se trata de una serie de barandas de contención de los años ochenta (de esas que eran a rayas blancas y negras) que han sido dispuestas de forma continua pero fluctuante en las paredes de la galería, de manera que parecen remitir a un electrocardiograma hipertrofiado o al registro de un sismógrafo. Entre el sobresalto íntimo y el temblor colectivo de la Lima de los ochenta, las "Barandas de contención" de Borea son la huella que se convierte en paso.

Ruinas y ciudades se cierra con una instalación titulada "Planetario", una especie de fuga lírica que también es una ironía. La pequeña sala en la que "Planetario" se encuentra ha sido pintada totalmente de negro, y se ha ocultado cualquier fisura que permita el ingreso de la luz. Al interior, un grupo de carteles luminosos de distintos colores, que lucen diversas inscripciones con la palabra "playa", se encienden como estrellas en la noche pedagógica y ficticia. El vuelo rasante del avión se convierte entonces en una especie de flotación, de suspensión en el vacío. Y la acepción contextual de la palabra "playa" (de estacionamiento) se empieza a disolver lentamente, frente a nuestros ojos, mientras nos dejamos caer.

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