Por Ricardo Bedoya
Sweeney Todd es un musical de Broadway llevado al cine por Tim Burton. Pero adaptar al cine una obra concebida para el teatro, con sus reglas y sus tiempos fijos para la alternancia de las acciones dramáticas y las intervenciones musicales, no significa necesariamente ilustrarla, servirla, respetarla al pie de la letra; siempre existe la posibilidad de apoderarse de ella, de capturarla como el vampiro a su víctima, absorbiéndole la savia hasta convertirla en posesión personal.
En el pasado, directores como Vincente Minnelli (en The Band Wagon o Brigadoon) o George Cukor (My Fair Lady) lograron ese trabajo de apropiación. Tomaron obras musicales y las integraron a sus mundos personales. Ahora, es el turno de Burton. ¿Cómo lo hace?
ENGRANAJES DE LA ILUSIÓN
Sembrando el texto con los signos más reconocibles de su mundo: desde Johnny Depp que añade la presencia melancólica y lunar que le es propia, hasta la introducción de sofisticados mecanismos técnicos que son como engranajes de la ilusión. El sillón de barbero de Sweeney Todd, dotado de un sistema de expulsión de la víctima de turno hacia un sótano que es, a su vez, una fábrica singular, se equipara a las máquinas domésticas de Pee Wee Herman en La gran aventura de Pee Wee, al taller del demiurgo Vincent Price en El muchacho de las manos de tijera, al laboratorio de Marcianos al ataque, o a la fábrica de chocolates de Charlie.
En las películas de Burton, la fantasía se fabrica ante los ojos del espectador. Tiene algo de maqueta, de juego mecánico, de producto de un taller de manufactura, de resultado de mil ajustes de tuercas y golpes de chatarra, de escenario de miniatura. Es el lado Meliés de la personalidad del director.
Pero no sólo eso. El "efecto maqueta" también se traslada al tratamiento de los escenarios, que pone lo sórdido en primer plano y lo ilusorio como fondo. El Londres de fines del siglo XIX que vemos es un montón de callejuelas calcadas de un filme de serie B sobre Jack el destripador pero que tienen como fondo el perfil de edificios clásicos representados como figuras virtuales de algún juego informático de trivia destinado a reconocer las ciudades del mundo. La falsedad es evidente; es una convención que tomamos o dejamos, exactamente igual a la del musical. Que los actores canten en vez de hablar puede resultar enojoso para muchos, pero es la regla del juego. En ese mundo de mentira, irreal hasta la médula, la palabra dicha o cantada es tan arbitraria como la apariencia de las cosas: el de Sweeney Todd es un mundo que carece de colores cálidos. Todos caminan por calles monocromáticas. Es una película de colores filmada como en blanco y negro, o en ocres, hasta que llega la sangre.
NO ES SANGRE, ES COLOR ROJO
Pero el color de la sangre es más un signo que una realidad. Alguien le reprochó alguna vez a Jean-Luc Godard el exceso de sangre que aparecía en una de sus películas. Godard respondió, "no es sangre; es color rojo". Burton, como el Tarantino de Kill Bill, podría contestar lo mismo. La sangre de Sweeney Todd, así como las afeitadas decisivas del barbero, son guiños, referencias, gestos que buscan evocar el imaginario de tantas películas de horror que conmovían en los años cincuenta y sesenta, pero que ahora lucen de una ingenuidad entrañable. Es el rojo que chorreaba de los dientes del espectral Christopher Lee en las películas de Drácula de la productora Hammer. Cambian sí las víctimas: las de este barbero diabólico son burgueses cuya carne se ofrece a la alimentación de un Londres popular y caníbal, dispuesto a digerir la plusvalía que se le arrebató en duras jornadas de trabajo.
Todo es muy personal y reconocible; allí está el estilo del Tim Burton autor. ¿Pero es logrado? Sweeney Todd sería mejor de lo que es si tuviera, desde el arranque, un poco más de desparpajo y locura. Sobre todo en los veinte minutos iniciales se le siente fría, con temor de despegar, controlada, con dudas de cuándo separarse al fin de la camisa de fuerza del guión de origen para dar cabida a los excesos del gran guiñol y al romanticismo que luego aparecen y se convierten en lo mejor del filme. Sin desmerecerla para nada, Sweeney Todd es como un breviario de algunos rasgos y asuntos típicos del director. A ratos parece un Burton para "dummies".