Por: Juan Paredes Castro |
Las cumbres de presidentes, como la europeo-caribeño-latinoamericana que tendremos esta semana, se enfrentan, desde hace mucho tiempo, a su peor enfermedad congénita: la del incumplimiento de sus acuerdos.
Claro que hay unas cumbres más exitosas que otras, cuando de lo que se trata es de aglutinar intereses geopolíticos o económicos más homogéneos. Podríamos decir que la cumbre de los países altamente industrializados es un buen ejemplo de ello, aunque la dificultad del cumplimiento del protocolo de Kioto, sobre el cambio climático, acordado por ellos, revela que no siempre es suficiente la voluntad política de los gobiernos.
He sido testigo de otras cumbres más pequeñas, pero no menos importantes, como la del Grupo de Río en sus primeros años, cuando desde la isla Contadora en Panamá hasta Esquipulas en Guatemala labró la paz centroamericana, después de casi diez años de guerra regional. Luego el Grupo de Río tendría tantas cumbres más como fracasos, que ya no es el caso recordar.
Las cumbres funcionan de verdad a través de acuerdos y compromisos, o al revés (no siempre son lo mismo) que puede encerrar dos cosas: solo una expresión de voluntad política, o, añadido a ello, un eficaz procedimiento de cumplimiento. Unas veces no hay ni lo primero ni lo segundo. Pura declaración de principios y nada más. Otras veces suele impresionar la voluntad política, en esta o en aquella dirección. Finalmente, encontrarse con una tabla de cumplimientos es lo más raro a lo que se puede aspirar.
El problema de fondo de una cumbre como la que se anuncia es la búsqueda de acuerdos internacionales sobre temas en los que los gobiernos nacionales no tienen políticas muy bien definidas. ¿Cuál va a ser la propuesta y el voto del Perú en el tema del calentamiento global si hasta hoy no conocemos bien cuál es su política al respecto y cuál será el papel que desempeñará el ministerio del medio ambiente aún no creado?
En la medida en que los gobiernos nacionales no tengan perfectamente claros los roles políticos, sociales y económicos que desempeñan, y lo que quieren lograr con ellos, va a ser difícil o imposible que las instancias internacionales favorezcan sus iniciativas. Por el contrario, estas se convertirán en obstáculos de las demás.
Sabemos que la cumbre que viene manejará estrictamente el concepto del seguimiento de los acuerdos, que en la práctica no será otra cosa que la persecución inteligente y eficiente de los cumplimientos, allí donde estos se tornan complejos y evasivos.