COMENTARIO INTERNACIONAL
Por Andrés Oppenheimer. Periodista
La victoria por el 84% de los votos de las fuerzas pro autonomía en el referendo realizado por la rica provincia oriental de Santa Cruz, Bolivia, en abierto desafío al gobierno central, ha provocado el temor de que se produzca una reacción en cadena de los movimientos separatistas en toda América Latina.
Los gobiernos de izquierda radical de Bolivia, Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Cuba fustigaron el voto autonomista de Santa Cruz, alegando que representa el inicio de un intento estadounidense de desmembrar a los países latinoamericanos para crear en la región nuevos estados pro estadounidenses. El Departamento de Estado dice que estas acusaciones son absurdas, y agrega que "respaldamos la unidad y la integración territorial de Bolivia".
Mientras escuchaba estas teorías, no pude evitar pensar en el libro "Los estados desunidos de América", del 2005, de Juan Enríquez Cabot, que nos recuerda que la última vez en que se cambiaron las fronteras en el continente americano fue en 1910, pero que cada vez más provincias ricas en todo el mundo se están rebelando contra gobiernos centrales ineficientes o despóticos.
El número de países miembros de la ONU se ha elevado de 50 en 1950 a 192 en la actualidad. "Las banderas pueden aparecer y desaparecer muy rápidamente", decía Enríquez Cabot.
Sin embargo, los líderes del estatuto autonómico de Santa Cruz niegan categóricamente que estén buscando independizarse. Dicen que Chávez y sus seguidores intentan desacreditarlos.
En las próximas semanas, los estados bolivianos de Beni, Pando y Tarija celebrarán similares referendos, y las encuestas revelan que la propuesta autonómica también triunfará. Y todo parece indicar que los estados de Cochabamba y Chuquisaca harán lo propio en julio. Todos ellos dicen que no se separarán del resto del país, sino que quieren mayores derechos para protegerse de un gobierno central cada vez más autoritario.
Mi opinión: el 84% de apoyo a la autonomía en Santa Cruz dificultan mucho creer que se trata de un movimiento de la oligarquía.
Lejos de ser un movimiento oligárquico, o un siniestro complot del imperio estadounidense, lo que estamos viendo es una reacción natural de gobiernos locales bolivianos que quieran conservar cierta sanidad económica y libertades democráticas ante el plan del presidente Evo Morales de refundar la nación y crear un Estado socialista totalitario, asumir poderes absolutos y reelegirse de por vida.
Como me señaló el prefecto de Cochabamba, Manfred Reyes, es Morales quien está dividiendo a Bolivia y amenazando la unidad. Morales está impulsando una nueva Constitución --aprobada por sus seguidores en una controversial sesión a la que, según la oposición, se impidió la entrada a los miembros de la oposición-- que crearía 36 nacionalidades sobre una base étnica y que trasladaría los poderes del Poder Legislativo y los gobiernos estatales a comunidades municipales que apoyan a Morales.
Estoy de acuerdo. La comunidad internacional debería oponerse a cualquier movimiento potencialmente independentista de Santa Cruz y los demás estados descontentos de Bolivia, pero rechazar al mismo tiempo el intento de Morales de imponer una nueva Constitución que crearía un Estado totalitario.
Ambos bandos deberían llegar a un acuerdo que garantice tanto la unidad del país bajo una bandera como los derechos de los estados, y deberían hacerlo cuanto antes, para evitar el espectro de una guerra civil.